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Naturaleza

Los manglares de Bacalar: el filtro vivo que mantiene la laguna turquesa

28 de junio de 20267 min de lectura

Sin manglar no habría siete colores. Te explicamos cómo este bosque anfibio filtra el agua, cría la vida de la laguna y protege a los estromatolitos, y por qué nunca debe tocarse.

Un bosque que crece con los pies en el agua

Rodeando casi todo el litoral de la Laguna de los Siete Colores crece un cinturón verde, discreto y tenaz: el manglar. A diferencia de la selva que se levanta tierra adentro, estos árboles han resuelto un problema extraordinario, vivir con las raíces permanentemente sumergidas en agua. En la orilla de Bacalar conviven principalmente tres especies que se reparten el terreno según la profundidad y la salinidad: el mangle rojo (Rhizophora mangle), reconocible por sus raíces en forma de zancos que se hunden en el agua; el mangle negro (Avicennia germinans), que respira por unos delgados apéndices que asoman del lodo; y el mangle blanco (Laguncularia racemosa), que ocupa las cotas un poco más altas y secas.

Estas raíces que tantas veces pasan inadvertidas son, en realidad, la infraestructura ecológica de toda la laguna. Forman una maraña sumergida que sujeta el sedimento del fondo y de la orilla, evita que el oleaje y las lluvias arrastren tierra hacia el agua, y crea una zona de calma donde las partículas se asientan en lugar de enturbiarlo todo. Es la diferencia entre una orilla que se desmorona y una orilla que se sostiene sola.

En Bacalar el manglar no es un detalle del paisaje, es la condición que hace posible el paisaje. El color turquesa que la hizo famosa, los estromatolitos milenarios, la riqueza de peces y caracoles: todo eso depende, en buena medida, de que este bosque anfibio siga en pie y sin tocar.

El filtro vivo que mantiene el agua clara

La transparencia de Bacalar no es casualidad ni magia, es química y biología trabajando juntas. La laguna es un sistema oligotrófico, es decir, naturalmente pobre en nutrientes y materia orgánica en suspensión. El agua que la alimenta no llega por ríos superficiales sino que se filtra a través de la roca caliza de la península, que actúa como un colador gigante y la entrega cargada de carbonato de calcio y excepcionalmente limpia. Esa pobreza de nutrientes es, paradójicamente, su mayor riqueza: es lo que permite que la luz penetre hasta el fondo y revele toda la gama de azules.

Aquí entra el papel del manglar como segundo filtro. Sus raíces y suelos retienen los sedimentos que bajan de tierra firme y absorben el exceso de nutrientes, sobre todo nitrógeno y fósforo, antes de que alcancen el cuerpo de agua. La investigadora Luisa Falcón, del Instituto de Ecología de la UNAM, ha señalado precisamente esta absorción del exceso de nutrientes como una de las funciones críticas del manglar para la salud de la laguna. Cuando ese filtro funciona, el agua permanece pobre en nutrientes, clara y turquesa.

Cuando el filtro se retira, ocurre lo contrario. Sin manglar, la lluvia arrastra tierra, materia orgánica y agroquímicos directamente al agua. Los nutrientes disparan el crecimiento de microorganismos y algas, el sedimento enturbia la columna de agua, la luz deja de llegar al fondo y los siete colores se apagan. El turquesa de Bacalar es, en el fondo, el resultado visible de un sistema que se mantiene limpio por sí mismo, siempre que se le deje hacerlo.

La guardería de la laguna

Entre las raíces del manglar la vida encuentra refugio. Esa estructura sumergida y enredada es uno de los hábitats más productivos del planeta: ofrece sombra, escondite frente a los depredadores y abundante alimento. Por eso los manglares funcionan como guardería o vivero natural, los peces juveniles, crustáceos y caracoles pasan allí sus etapas más vulnerables, protegidos hasta que crecen lo suficiente para aventurarse a aguas abiertas.

En Bacalar esta función sostiene buena parte de la cadena alimentaria de la laguna. Entre los habitantes emblemáticos está la chivita (Pomacea flagellata), un caracol de agua dulce que pasta sobre el sedimento y es pieza clave del equilibrio del sistema, tan ligado a la cultura local que da nombre a platillos de la región. Junto a él conviven pececillos, larvas y una microfauna que solo prospera en aguas limpias y vegetación sana.

Esta riqueza biológica es también la razón por la que dañar el manglar tiene un efecto en cascada. No se pierde solo una hilera de árboles, se pierde la guardería entera y, con ella, las generaciones de fauna que dependen de esas raíces para sobrevivir. Un evento de mortandad masiva de caracoles chivita, como el que se documentó tras la crisis de 2020, es la señal visible de un sistema cuyo refugio de cría se ha roto.

Manglar y estromatolitos: una alianza milenaria

Bacalar alberga una de las mayores formaciones de microbialitos de agua dulce del mundo, conocidos popularmente como estromatolitos. Son estructuras construidas por comunidades de microorganismos, sobre todo cianobacterias, que precipitan carbonato de calcio y forman arrecifes vivos que crecen muy lentamente, milímetro a milímetro, a lo largo de miles de años. Son parientes directos de las primeras formas de vida que oxigenaron la Tierra, y por eso se les llama rocas vivientes.

Estromatolitos y manglar dependen el uno del otro. Los estudios del microbioma de Bacalar han descrito cómo los microbialitos del sur de la laguna se asocian a las raíces del manglar y albergan bacterias fijadoras de nitrógeno que enriquecen el sistema de forma natural. Al mismo tiempo, el manglar mantiene el agua clara y pobre en nutrientes, las condiciones exactas que los estromatolitos necesitan para seguir creciendo. Demasiados nutrientes y sedimento los asfixian, los cubren de algas y detienen su crecimiento.

Esta es la razón de fondo por la que el manglar no debe perturbarse. No es solo un árbol bonito en la orilla: es lo que sostiene un fenómeno geológico y biológico de miles de años. Arrancar el manglar para abrir una vista o construir más cerca del agua equivale a retirar el sistema que mantiene vivos a los estromatolitos. Una vez asfixiados, no se recuperan en una vida humana.

Lo que enseñó la crisis y lo que toca cuidar

En junio de 2020 Bacalar dio una advertencia difícil de olvidar. La tormenta tropical Cristóbal descargó lluvias intensas y, según se reportó, dañó alrededor de 30 kilómetros de manglar. Sin esa barrera que antes frenaba las corrientes, el agua arrastró hacia la laguna tierra suelta de zonas deforestadas, materia orgánica y agroquímicos. La laguna perdió su turquesa y se tornó café y verdosa durante casi dos años. No fue un capricho del clima, fue la consecuencia de años de presión sumados a un manglar debilitado.

La lección de los científicos que estudian Bacalar, en instituciones como la UNAM, ECOSUR y los consejos ciudadanos y científicos de restauración, apunta en una sola dirección: el camino para conservar los siete colores pasa por restaurar el manglar, proteger la vegetación de la ribera y evitar la contaminación y los asentamientos irregulares en la orilla. Permitir que el bosque anfibio crezca y se mantenga intacto es, literalmente, dejar que la laguna se cuide a sí misma.

Para quien visita, vive o construye cerca de Bacalar, el principio es claro y sencillo: el manglar no se toca. No se tala para ganar vista, no se rellena para acercar una construcción al agua, no se atraviesa con lanchas a motor por sus raíces. Respetar una franja de manglar y vegetación nativa en la orilla, tratar todas las aguas residuales y mantener el desarrollo a distancia del litoral no es una restricción, es la única forma de que el turquesa siga existiendo para las próximas generaciones.

Preguntas frecuentes

¿Por qué el manglar mantiene azul y clara el agua de Bacalar?+

Porque actúa como un filtro vivo. Sus raíces y suelos retienen el sedimento que baja de tierra firme y absorben el exceso de nutrientes, sobre todo nitrógeno y fósforo, antes de que lleguen a la laguna. Así el agua se mantiene pobre en nutrientes y muy clara, la condición que permite que la luz llegue al fondo y aparezcan los siete colores. Sin manglar, la lluvia arrastra tierra y nutrientes al agua, las algas crecen, el sedimento la enturbia y el turquesa se apaga.

¿Qué relación tienen los manglares con los estromatolitos?+

Es una alianza de dependencia mutua. Los estromatolitos de la zona sur de Bacalar se asocian a las raíces del manglar y a bacterias fijadoras de nitrógeno que enriquecen el sistema. A su vez, el manglar mantiene el agua clara y pobre en nutrientes, las condiciones exactas que estas rocas vivientes necesitan para seguir creciendo. Si el manglar desaparece, el sedimento y el exceso de nutrientes asfixian a los estromatolitos y detienen un crecimiento que llevó miles de años.

¿Qué pasó con la laguna en 2020?+

En junio de 2020 la tormenta tropical Cristóbal trajo lluvias intensas y, según se reportó, dañó alrededor de 30 kilómetros de manglar. Sin esa barrera natural, el agua arrastró a la laguna tierra de zonas deforestadas, materia orgánica y agroquímicos. Bacalar perdió su color turquesa y se vio café y verdosa durante casi dos años, además de registrarse una mortandad masiva del caracol chivita. Fue una demostración directa de lo que ocurre cuando se debilita el manglar.

¿Por qué no se debe tocar ni talar el manglar?+

Porque es la infraestructura que sostiene toda la laguna: filtra el agua, sujeta la orilla frente a tormentas, sirve de guardería para peces y caracoles y mantiene vivas a colonias de estromatolitos milenarios. Talarlo para ganar vista o rellenar para construir más cerca del agua rompe ese sistema y, una vez perdido, tarda décadas o más en recuperarse. Conservar una franja de manglar y vegetación nativa, tratar las aguas residuales y mantener distancia del litoral es la única forma de proteger los siete colores.

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